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Mi Ángel de la guarda pesa cien kilos, es rubio y tiene ojos celestes. Es mi hermano menor y es un niño especial.

4 diciembre, 2011

Mi Ángel de la guarda pesa cien kilos, es rubio y tiene ojos celestes. Es mi hermano menor y es un niño especial.

Cuando nació Fabián, mi hermano menor, yo tenía cinco años de edad y obviamente sentí celos por ese intruso cachetudo de ojos celestes que me desplazaba del centro de atención de mis padres.

Los dos primeros años transcurrieron sin mayor novedad, pero unos meses antes de cumplir mi hermanito los tres años, mi mundo dejó de tener colores cuando mamá me explicó los motivos por los cuales el nuevo integrante de la familia tenía extraños comportamientos: “Tu hermanito nació con una profunda deficiencia mental”.

Por un tiempo vivimos confundidos. No sabíamos que pasaba, negábamos la enfermedad y afirmábamos una supuesta equivocación en el diagnóstico de los médicos. Luego, mi familia recibió la visita de una señora con un vestido de tela muy liviana, tan liviana que parecía flotar alrededor de su cuerpo delgado y alto y nos rozaba la cara provocando cosquilleos incómodos. Era Doña Vergüenza que venía acompañada por su prima, una vieja solterona de rostro indefinido y cambiante que siempre viste de negro, muy sobria, la  Señorita Culpa. Ambas se instalaron en casa, dispuestas a vivir cómodamente, bien alimentadas en la cálida ignorancia y el temor de sus habitantes.

Es muy probable que se conozcan historias de padres que han tenido hijos con capacidades especiales, pero raras veces se conoce la problemática desde la vivencia del hermano. No es sencillo sobrepasar el estado de confusión y temor ante la presencia de un hermano diferente. Emociones encontradas se entrelazan con dudas que en ocasiones ni siquiera se manifiestan. No todos reaccionan de igual forma. Algunos pretenderán ignorarlo hasta que se convencen que no se puede tapar el sol con un solo dedo. Otros le dan al tema tanta trascendencia que les hace olvidar de su propia vida. Los hermanos de un niño “especial” somos personas que experimentamos un camino diferente al del resto. Nos interrogamos una y mil veces … ¿porque mi hermano es diferente?, ¿serán minusválidos mis hijos?, ¿de quien es la culpa? ¿sufre mi hermanito?, ¿por qué se comporta de manera tan extraña? Vivimos envueltos en la incertidumbre: ¿podrá curarse?, ¿mejorará mi hermanito?, ¿qué haré con él cuando mamá ya no esté?

La experiencia social del hermano de un niño especial es distinta. Surgen dificultades por no saber cómo hablar con sus amigos acerca del niño distinto. Enfrentamos las burlas e imaginamos el supuesto rechazo de nuestras futuras parejas. ¿Tendré que hacerme cargo de mi hermano al morir mis padres? ¿Tendré que llevarlo a vivir conmigo? ¿Es razonable que mi esposa y mis hijos deban afrontar la responsabilidad de convivir con un ser  especial? ¿Podré actuar justamente con mi familia y con mi hermano?

Tardamos algo de tiempo en  darnos cuenta que somos tan especiales como el nuevo integrante de la familia. Y de esa forma, comenzamos a transitar el camino que nos permitirá transmutar la vergüenza en orgullo.

Doña Vergüenza y  la tenaz Señorita Culpa vivieron con nosotros mucho tiempo hasta llegar a conocernos muy bien. Por supuesto que ellas siempre encuentran colaboradores. Pues no faltan quienes sin disimulo comentan:-en algo deben haberse equivocado, sino el niño habría nacido bien– o aquellos que sin ver la viga de su ojo afirman  –por algo Dios le mandó ese chico, alguna macana habrán hecho-

Como hermano me sentía culpable de ser  sano. En ocasiones, me identificaba con él, imponiéndome limitaciones. Negándome absolutamente la felicidad.

Realmente no resulta  sencillo invitar a los amigos a casa donde habita un niño de  reacciones impredecibles de  boca  babeante, que se enfada fácilmente, que apenas te mira a la cara y al que poco le puedes enseñar porque nada puede aprender, que actúa de manera extraña sin que nadie sepa el porqué.

Como mi hermano no podía relacionarse con la gente, comencé a excluirme voluntariamente de la sociedad para  “compartir” su soledad. Fue tan grande el abandono que hice de mi mismo, que intentaba prohibirme  todo aquello que mi hermanito no podía hacer:      –Si mi hermano no puede ir a bailar y divertirse, yo tampoco debo hacerlo –     -Si mi  hermano no puede tener una novia y amar, yo tampoco debo tenerla…-Si mi hermano no puede casarse y tener hijos, yo tampoco los tendré…  decía cuando era adolescente.

Así comencé a prohibirme  ser feliz. Haciendo muy propio un problema que no quería compartir, como si fuera justo malgastar tanta capacidad de dar  amor  contenida en una sola persona.

Los años pasaron y la confusión -así como la fantasía de encontrar curas milagrosas- cedieron ante una clara realidad: Mi hermano jamás sería como los hermanos de mis amigos y todos debíamos aceptarlo tal y como era.

El exigía mayor dedicación. Mamá ocupaba todo el día en la atención de sus necesidades. Verdaderamente mamá estaba sola – aún cuando papá vivía- no porque papá fuera un mal tipo,  sino porque no podía enfrentar esa realidad. Cada uno sufría en soledad sin encontrar consuelo. Nunca se dieron cuenta que hasta el sufrimiento, cuando se comparte, es menos doloroso.

Poco a poco debí ocupar el lugar de papá. Tal vez el peso que se puso sobre mis espaldas fue mucho, y esa presión me turbó tanto que me impulsó a tomar distancia. Y me fui lejos. Aún sintiendo que alejarme era semejante a  una traición,  porque pensé  que lo abandonaba.  Hoy, muchos años después, me doy cuenta que he sido yo  quien se había abandonado a si  mismo cuando pensaba que mi hermanito era un castigo de Dios. La presencia de mi hermanito fue frustrante cuando yo no tenía edad suficiente para comprender.

Con el tiempo aprendí que en lugar de sufrir ese dolor sería mucho mejor abrazarme a él y  encontrar una forma diferente de ver las cosas. Advertí que mi hermano era un ángel que había venido a la tierra para mostrarse como un punto de referencia, para que aquellos que nos sentimos  vencidos porque no tenemos el trabajo apropiado o abatidos porque alimentamos un amor no correspondido o porque no podemos comprar ese deseado automóvil o hacer ese viaje soñado,  nos demos cuenta que, aún así, somos afortunados. Para que los hombres comprendan que el amor está mucho más a mano que el odio, antes de partir del Cielo,  Dios les disminuye algunas capacidades para  que estos ángeles puedan cumplir su misión. Por eso aquí los llamamos disminuidos.

Hoy tengo 53 años, y rodeado de mis tres maravillosos hijos puedo decir que la vida me ha dado enormes bendiciones. Claro está, ni falta hace decir  que  ¡ todo se lo debo a mi ángel de la guarda!

Claudio Alberto Ricciuti  (Pedrovivo)

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