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SIETE HORAS EN EL TIBET

1 mayo, 2011

Si, muchas veces de lecciones, de busquedas  se tratan los viajes, por ello cada vez que emprendo uno, intento hallar algo de mí, un descubrir, un  sacar coberturas cuando las vivencias cotidianas se han convertido  en inconsistentes, cuando ya  nada  me sorprende, cuando nada veo.

Viajar a la montaña, fue pasar un rato por el alma, confieso que no estuve ni siete años, ni siete días, sólo estuve unas…siete horas en el  “Tíbet”.

En el viaje por el montañoso camino  lamentando que la pequeñez de mis ojos no pudiesen abarcar este  cuadro de la naturaleza, en el instante que la  montaña me sacaba oxigeno,  constreñía mi cabeza,  y me prestaba sus oscuros y multiples  túneles para atravesarla, algunos cortos y otros largos, como los que atravesamos en el llano, observe las grandes rocas,  el río que moviendose caudaloso y rapido, sus heladas  aguas  que corríanacariciando las rocas, sin temor, sabiendo que nada perderá en su viaje, incluso dejando de ser hielo, fluiría mejor.  Ese instante sentí flotar, mi ser  vibró  al unisono  en esa perfección,  me dilui en lo bello, en eso que se parecia demasiado a  Dios.

Ya en la cordillera de  Andes, sólo quería ver el Aconcagua, no tardamos mucho en atravesar el camino, y alli estaba él, el magnifico, sólo dejaba verse brillando con su cima nevada, como baño de plata…,  me preguntaba,  se reiría de nuestra pequeñez, pobres hormigas nos diría; a pesar que algunos  se vanagloriaran eternamente de haber alcanzado su cima, de haberlo conquistado.

Y asi, después de dias y horas de cruzar valles, rios y montañas,  llegue armonizada al fin de mi travesía,  me encontraba nuevamente en la ciudad con mi amiga y compañera de viaje, en la primera escala del trayecto,  para tomar el ultimo colectivo de regreso a casa, entre taxis, y atascamientos en las calles, y en pleno camino, mi amiga resolvió  abandonarme camino a la terminal,  advirtiéndome sentenciosa previamente…. “yo soy  así,  yo camino rápido”, mientras me quedaba atrás perdida entre la multitud, seguí  caminando con mis pesadas valijas  incrédula ante su actitud  egoísta que no dude en reclamarle ofuscada minutos mas tarde.

Pasaron unos días, reflexione mucho intentando superar la ofensa de mi amiga, comprendí que ella era así, era su ego, su molde, al cual respondía sin cuestionarse,  y mi gran ego también fue sentirme herida y envuelta en reproches.

Y ahora, con lápiz y papel en mano, puedo tomar nota y subrayar  que  que la montaña es una maestra que nos puede enseñar a disolver una maleza  que nuestros padres nos enseñaron a cuidarla, abonarla y engrandecerla para sentirnos queridos y aceptados. A esa maleza la denomino “ego”,  muchas veces lo tenemos grande, como el Aconcagua, lo defendemos con uñas y dientes, en frases como: “es mi opinión”, “yo pienso”, “no me gusta”, “me ofende”,  “para mí”, nuestro punto sentencioso de vista.  Observo que el ego, solo sabe decir No,  nunca comienza con S, de Si, como un   “Si, me gusta”, porque el “me gusta”, incluye al otro, hay alguien que es o hace las cosas mejor que yo.

Entonces, como conclusion provisoria, puedo afirmar que el ego de la gente me molesta mucho, me irrita demasiado y  me hace sufrir todavia . Es por eso mismo,  que  hoy  puedo decirles, que  me aun quedan un sinfín  de montañas para recorrer.

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