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“El síndrome de pánico tiene un altísimo crecimiento en el país”

23 noviembre, 2008

  La entrevista: Ana Pampliega de Quiroga


LA NACION LINE | 04.02.01 | Enfoques

 

Para la psicóloga social, la sobreadaptación a una sociedad ferozmente competitiva implica un gran desgaste psicológico

Ana Pampliega de Quiroga, o Ana Quiroga como la conocen sus colegas, es psicóloga social. Fue discípula y pareja de Enrique Pichon-Riviére y continúa con su trabajo en el estudio de las relaciones sociales.

Desde hace más de tres décadas se dedica a estudiar los fenómenos que, desde la vida cotidiana, afectan al hombre. Enunciados que se pronuncian en serio y a veces en broma, como “qué nos pasa a los argentinos”, o “el problema de la economía es el malhumor de la gente”, o “la dirigencia política está en crisis”, son materia de estudio para Quiroga. Ella encuentra algo de verdad y de mentira en estas frases.

-¿Cree que el ritmo vertiginoso de Buenos Aires refleja la psicología de sus habitantes?

-Las ciudades, los ritmos, los climas, hablan de la gente. Hay algo muy perceptible, y es el ritmo de circulación, el tránsito, que es muy claro con respecto a cómo está la gente. Cuando hay situaciones de incertidumbre, crisis, angustia y mucha hostilidad, uno de los rasgos donde eso se expresa es en el tránsito. Hoy en Buenos Aires se maneja con una absoluta desaprensión y falta de atención. La gente está concentrada en sus propias cuestiones y a la vez descarga a través del auto y del manejo la hostilidad que tiene.

-¿Qué opina de la colocación de cámaras para ordenar el tránsito?

-Yo creo que la situación de locura en el tránsito de alguna manera hace necesario un ordenamiento. Que la idea sea la de la cámara está totalmente inserto en el perfil de esta sociedad, que es de control. Aquí hay una contradicción control-descontrol, porque progresivamente lo que más se ha profundizado son los mecanismos de control social. No por casualidad, sino porque a la vez se ha profundizado en los mecanismos de invasión y de manipulación del sujeto.

-¿En qué casos por ejemplo?

-En la manera en la que el ser humano es manejado por los centros de poder y por los centros económicos, antes era necesaria la represión en estos casos. De todos modos sigue existiendo la represión, pero ahora los mecanismos son mucho más sutiles. Se trabaja mucho con la persuasión, se dice que estamos en la era de la seducción. En un juego muy perverso de seducción y amenaza. Por ejemplo, ¿cómo se impuso la globalización en el mundo? Cuando la globalización comenzó a ser enunciada, particularmente a partir del discurso de El fin de la historia, de Francis Fukuyama. La presencia de ese nuevo orden apareció como la culminación de la evolución ideológica del hombre, como la culminación del desarrollo social del ser humano. Y fue anunciado como un mundo que iba a ser progresivamente un mundo feliz. La sociedad del cumplimiento de los deseos que anunciaban los autores de la posmodernidad, donde se aplanaban los conflictos y sólo iba a perdurar el constante progreso.

-¿Y qué pasó?

-A principio de los años 90, lo nuevo aparecía como lo absoluto y seductor. Pero detrás de esa seducción latía una amenaza: ÔSi uno no se incorpora a lo nuevo, ¿qué es? Obsoleto, dinosaurio, desechable, “descartable”. Este nuevo orden es triunfalista porque hay expansión del sistema capitalista y de los mercados, y aparece como un mundo potencialmente feliz. Pero para poder desarrollarse replantea una reorganización de la producción que deja afuera a un 30 por ciento de la población económicamente activa del mundo. Y así se produce una precarización laboral, y al ser el trabajo un ordenador psíquico y social, se instala en el mundo un horizonte de amenaza. Si hay un tercio de la gente en el mundo que queda fuera de la producción y si en la Argentina un 60 por ciento de las personas hoy teme perder su trabajo, hay una vivencia de amenaza que conduce a otro sentimiento angustiante, que es el temor de inexistencia. Es temor a no tener ninguna significatividad por desinserción social.

-¿En qué conductas se expresan estos temores?

-Estas son vivencias profundamente dolorosas para el ser humano, que implican una precarización de la vida social. Si vamos a las patologías, la Organización Mundial de la Salud ya en 1994 decía que la pobreza es el factor principal de enfermedad en el mundo. En el plano de la salud mental, la depresión y la ausencia de proyecto son los factores fundamentales de patología mental y en crecimiento exponencial. Por otro lado van apareciendo patologías concomitantes, como el síndrome de pánico, que ha sido muy estudiado por los norteamericanos.

-¿Es el que produce los ataques de pánico?

-Sí, es un cuadro que está dentro de un tipo de fobia y es la expresión del síndrome de pánico. Tiene un altísimo crecimiento en nuestra sociedad.

-¿Por qué pasa esto?

-Tiene que ver con tratar de adaptarse coherentemente al medio y en realidad es una sobreexigencia y una sobreadaptación. En una sociedad tan ferozmente competitiva, el terror de inexistencia hace que el sujeto trate de dar una respuesta adecuada y no puede. El costo es tan grande que en un momento hay una quiebra. Por supuesto que hay una multiplicidad de causas, pero éste es un factor de alta incidencia.

-¿Hay alguna otra patología que haya ganado protagonismo?

-La depresión, que tiene que ver con la pérdida de lugares, o el temor a la pérdida de lugares. Y hay en estos casos una “ausencia de proyecto”. ¿Qué niveles de garantía y estabilidad hay ahora para elaborar un proyecto, que es un sostén interno para el lanzamiento vital? El ser humano, que es un ser de crisis, las vive con naturalidad y son posibles porque existen ciertos referentes internos y externos que nos ofrecen sostén. Algo que ha pasado con las crisis en el mundo es que las instituciones se han derrumbado, hay un colapso de los referentes y lo que queda es un malestar en la cultura -ahí sí nombramos a Freud- que es la fragmentación de los lazos. Este nuevo orden mundial colocó centralmente en la vida social la institución del mercado. Esa institución dice “el otro no es mi semejante, sino un rival por excluir o destruir.” Y esto, que uno puede entender en una lucha de corporaciones, se va interpenetrando en las relaciones entre las personas, y se va produciendo un distanciamiento entre ellas. Esto empezó a manifestarse a fines de los años 80 con claridad. Además, sobre el discurso de Fukuyama se van a entrelazar discursos como El fin del trabajo, de Rifkin, con esa propuesta particular de evitar los estallidos sociales haciendo que cubran el trabajo social quienes están sin trabajo. El del horror económico, el paradigma tecnológico, el discurso de Vargas Llosa, que dice que la globalización es tan infalible como la ley de la gravedad..

-En el foro de Davos que terminó la semana última se reafirmaron estas ideas.

-Exacto, lo interesante es cuando este nuevo orden ya no puede ser tan seductor y muestra su aspecto siniestro para millones de seres humanos. Y como esos millones no eligieron ese cambio, pero lo tuvieron que aceptar, entonces cambia el discurso, y se dice: “Este es el único modelo posible”. Para poder sostener esto hay que tener un altísimo grado de control social, pero durante varios años hubo muy pocos focos de resistencia, ya que había mucho desconcierto.

-¿Cree que hubo esperanzas frustradas?

-No sé si una esperanza, hubo una expectativa porque los aspectos seductores conducen a expectativas. No sé si la palabra esperanza es adecuada para nuestro país, donde muy rápidamente las esperanzas se convierten en frustración. A su vez, en nuestro país hay ejemplos de cómo se dio el pasaje de una situación de parálisis e impotencia -sobre todo en los grandes sectores de desocupados- a una lucha, con un nivel de claridad de pensamiento importante. Eso arranca con la explosión de furia en Santiago del Estero y después tuvo una cualidad diferente en Neuquén y en Jujuy, donde he podido conversar con piqueteros. Ellos tenían claro cuál era la situación por la que estaban atravesando y qué era lo que iban a obtener, lo que significa un contrato basura. Y tenían claro que si no cumplían con ellos iban a volver a cortar la ruta. Y así se articula un discurso en la Argentina y es el de la dignidad y de la esperanza, que abre marcos. Acá un fogonero me decía: “Escuché por ahí que decían que estamos en la calle porque no tenemos nada que perder, pero tenemos todo por perder. Está nuestra dignidad”. 

Laura Ferrarese
Especial para LA NACION

 

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